JeT LaG
Amanece en la ciudad, lo sé porque a través del techo de cristal del patio se ve el cielo, ninguna otra referencia en este oasis de luz eterna en medio de la noche, cerrado al exterior. Toca dormir pues, me despido de este sitio hasta esta misma noche y camino a casa con las manos en los bolsillos de mi rebeca negra, refugio mi cuello en la bufanda y miro a través de esa primera luz blanca sin sol a la gente que se cruza conmigo en la acera, sólo ahora me atrevo a hacerlo, el resto del tiempo ando despistada y de prisa, pero no veo más que unas cuantas almas que se apresuran camino del trabajo o de las clases, algunos coches en marcha, aún puedo cruzar la calle sin atender a los semáforos, quietud en el pavimento, mi mirada de rigor al cine cerrado -siempre miro la cartelera, no puedo evitarlo, es un acto reflejo-, las mismas películas que ayer y que antes de ayer. Y ya van cuatro días desde que cambié mi modo de vida: del día a la noche. Subo en el ascensor pensando en mi cama, llego a la puerta del piso, cierro los ojos deseando que aún no te hayas ido, la puerta del dormitorio está cerrada, buena señal, estás aquí, acaba de sonar tu despertador y te asombras con los ojos entreabiertos de que hoy haya llegado a tiempo. No he pensado en otra cosa esta noche, sólo en este abrazo tuyo antes de dormir, necesito tanto este abrazo ahora mismo, ahora que no encuentro el sentido de nada de lo que estoy haciendo. Una última mirada a la única foto que cuelga de la pared, el día que nos conocimos, llenos de ilusiones y sueños indeterminados que hoy vemos más cerca o más lejos, depende del día o del momento, en cambio ahora estamos juntos, quién nos lo iba a decir entonces. Una sonrisa sincera, todo lo que necesitaba. Bueno, ¿buenas noches o buenos días? Da igual. Luego nos vemos, despiértame cuando vuelvas.



















